por: Virginia Krasniansky.
Es un gusto especial realizar esta entrevista por varias razones. Primero, porque conocí a tu padre en la inauguración de la Feria de Guadalajara, donde tuvimos largas pláticas. Segundo: recibiste, entre otros, el Premio Bellas Artes de Literatura Inés Arredondo. Tienes muchas facetas: eres traductora, cuentista, novelista… Cuéntanos un poco de ti y de cómo entraste al mundo de las letras.
Tuve un camino un poco raro. De muy joven no estaba segura de a qué me iba a dedicar; estudié Letras, pero también me dediqué un tiempo al teatro como escenógrafa. Al final, uno se da cuenta de cuál es la herramienta que maneja con más destreza, y en mi caso fue la escritura. Vengo de una familia muy lectora y escritora. De niña veía a mi papá mandar sus columnas al periódico Excélsior y a veces lo acompañábamos. Había muchas cosas de su trabajo con las que me identificaba y que se me antojaba hacer. Cuando empecé a escribir relatos, un amigo me sugirió que los mandara al semanario de Novedades, que en ese entonces dirigía José de la Colina. Ahí empecé a publicar mis primeros cuentos, a foguearme y a escribir columnas, una labor a la que también me he dedicado a lo largo de los años.
Al leer tus escritos, queda la sensación de que eres una observadora muy aguda de tu entorno. ¿Es eso lo que te motiva a escribir?
Sí, la literatura —sobre todo la narrativa— viene mucho de la observación. Siempre he sido muy fantasiosa, pero al mismo tiempo me gusta fijarme en los detalles en los que la gente no suele reparar o a los que no les da importancia. Yo les encuentro un sesgo donde esos detalles crecen y revelan algo de nosotros.
Pensando en esa mirada del entorno, imagino que el cine también ha sido una gran influencia en tu casa. ¿Cómo ha motivado tu escritura?
Muchísimo. Me suelen decir que muchas de mis novelas serían películas muy difíciles de filmar porque tienen muchas locaciones, pero tengo muy introyectado en mi manera de escribir el lenguaje visual del cine: las elipsis, los cortes, las escenas. Ese mundo de la farándula me parece muy atractivo y lo he abordado en varios libros. Por ejemplo, en La bomba de San José —que ganó el Premio de Literatura Sor Juana Inés de la Cruz en el año 2013— y recientemente en Waikiki, una novela sobre un cabaret que escribí a cuatro manos con mi colega Alfredo Núñez Lanz. Busco que la experiencia del lenguaje sea como ver una película.
En tus textos también se percibe un marcado sentido del humor negro. Desde tu perspectiva, ¿cuál es la diferencia entre el humor negro y la ironía?
Están muy cerca, pero la ironía suele ser muy suave y sutil, mientras que el humor negro a veces es descarado. El humor negro tiene un poquito de más “mala leche”, diciéndolo a la española.
Escribes cuento, novela, crónica, traducción... ¿Cómo vinculas estos géneros con las nuevas tecnologías para transmitir y fomentar la lectura?
Uso la computadora desde los años noventa. Cuando mi papá se mudó a Guadalajara, me mandó un mastodonte de máquina de esas grandísimas de antes. Ahí empecé a familiarizarme y pronto dejé la máquina de escribir, con la que batallaba mucho porque siempre se me atoraba el rollo de tinta. Los procesadores de palabras me parecieron una herramienta fabulosa. Con el internet pasó lo mismo, porque permite investigar muchísimo. Recurro continuamente a archivos históricos digitalizados y a herramientas de traducción muy serias y buenas. Si uno lo sabe usar, es algo fabuloso. Ciertamente corres el riesgo de perderte, de distraerte o de llenarte de cosas que estorban. Incluso, a veces uso una inteligencia artificial llamada Claude para hacerle preguntas muy concretas para mi trabajo. Pero a cada rato le tengo que decir: “No me hagas la barba, contéstame y dime de dónde lo sacaste”. Hay que tratarla casi como si la estuvieras torturando para que te diga la verdad, porque uno se vuelve desconfiado con esos recursos. No creo que la tecnología sea el demonio, pero sí es un hecho que los jóvenes se pueden dejar arrastrar y perderse ahí muy fácilmente.
Hay un contraste evidente en la actualidad: por un lado, se habla de que no hay suficiente divulgación del libro; por el otro, vemos ferias masivas como la de Guadalajara llenas de gente buscando novedades y presentaciones. Parece que falta una alianza. ¿Qué les podrías decir a los maestros para que fomenten la lectura de libros?
¡Me encantaría que leyeran mis libros! Es un panorama difícil. Hoy en día ves a un influencer que escribe una novela muy regular y tiene millones de lectores con los que un escritor serio, que lleva años trabajando, ni sueña. Quizá el reto está en enseñar a la gente a distinguir que no todo lo que tiene éxito comercial es bueno, y tratar de buscar una relación más personal con la lectura. Hay libros que le hablan a unas personas y a otras no. Uno termina buscando sus libros de cabecera porque le dicen cosas de manera directa. Debemos apostar por ese vínculo personal; es más tardado que el mercadeo, pero es la relación que siempre hemos tenido con los libros. Los mejores maestros que promueven la lectura son aquellos que leen, gozan con ella y logran transmitir esa emoción a sus alumnos. Es muy fácil espantar a un posible lector si le hablas solo de “grandes ideas” y lo haces sentir que no está a la altura o que será muy complicado. El goce lector se puede compartir a través de la pasión por un personaje, una trama o una historia.
Viajar en aviones es un tema recurrente en tus textos y me genera mucha empatía por mi propia realidad binacional. ¿Qué vínculo tienes con ese espacio?
Hubo épocas en las que me tocó viajar bastante y uno va desarrollando sus rituales y costumbres de viajero. Empecé a observar el mundo de los aeropuertos y de los aviones como una especie de vida paralela: no estás en tu ciudad ni con tu gente, pero estás suspendido en un espacio compartiendo con muchos desconocidos. Pensé en todo el tiempo que pasaba en esos trayectos y quise recuperarlo inventando historias que sucedieran en ese lapso. El avión es un lugar fantástico para leer porque estás aislado, nadie te pide nada y puedes concentrarte. Pero si te toca un pasajero al lado que decide que tienes que platicar con él, todo se complica. De ahí nació un cuento con mucho humor negro que lleva esa situación al extremo, inspirado en parte por un relato de Italo Calvino en Los amores difíciles.
También dedicas tiempo a la crítica y a la reseña. Hace poco leí un texto tuyo muy emocionante sobre El ejército iluminado, la novela de David Toscana, cuya presentación en Buenos Aires me pareció fabulosa por cómo rescata un pasaje histórico tan cruel como el cegar al ejército enemigo. ¿Sientes que tus historias nacen también de esa necesidad de investigar y de entender la realidad?
Sí, me interesa mucho investigar, no solo la historia, sino la conducta humana. No lo veo tanto desde la psicología, sino más bien concibiendo a los personajes como un laboratorio del comportamiento. Me gusta experimentar e indagar en eso. Lo que hace David es fabuloso porque investiga literariamente a esos personajes posibles y va más allá de la historia o la sociología: hace literatura.
Mencionábamos antes a Emilio García Riera y su impresionante sentido del humor, a quien recuerdo de las reuniones de producción de la primera Feria de Guadalajara junto a Raúl Padilla. ¿Ese entorno y tu crianza influyeron en tu visión del humor?
Totalmente. El humor funciona como un mecanismo de supervivencia. Mi papá tuvo una infancia muy dura por la Guerra Civil Española y, aun cuando pasaron cosas difíciles en la familia, siempre mantuvo un humor un poco absurdo que le ayudaba a tomar distancia y a salvarse. Me dicen que heredé ese talante humorístico, aunque mi estilo de humor sea diferente al de él. El humor es un arma de supervivencia.
Para cerrar, es imposible no hablar de Inés Arredondo, de quien recibiste el Premio Bellas Artes de Literatura. Sus cuentos retratan mucho el sufrimiento, lo cual contrasta de forma interesante con tu manejo del humor negro. ¿Qué significó para ti ese galardón?
Fue una emoción enorme, un orgullo brutal y un regalo de la vida. Leyendo sus cuentos, considero que es la mejor escritora de su generación. Me gustan mucho Elena Garro y Rosario Castellanos, pero creo que la más profunda, la más escritora, fue Inés Arredondo. A veces se vincula el humor con lo frívolo o lo superficial, y por mis temas algunos podrían pensar que mi literatura es así, pero no lo es. El humor es simplemente otra manera de acercarse a la profundidad humana. Y qué mejor que hacerlo haciendo reír un poco, especialmente en una época tan difícil como esta. Agradezco mucho esta oportunidad de acercarme a los lectores, maestros y alumnos y que Club de Lectores sea la liga para promover la lectura, libros y autores.
Numero 97
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