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¿Dónde encontrar el tiempo para leer?
Leo un texto que alguien ha escrito para mí. No es diferente
de los demás. Todos, en cierto modo, han sido escritos para
mí. Esa voz tiene un libro entre manos; ese libro soy yo.
En esta página veo reflejado mi rostro como en un espejo.
Estas líneas, ¿no son mi fisonomía? ¿Quién
me observa si lo son? ¿Acaso las letras pueden mirar? La
voz se hace letra y me habla, mira. La mirada es una hoja que lleva
escrita en ambas caras una leyenda: “Es mentira lo que está
escrito del otro lado”. Desde ahí, mis ojos me miran.
¿Desde cuándo, hasta cuándo estarán
abiertos? A veces me parece que nunca he dejado de leer. Cuando
desperté ya estaba leyendo. Me di cuenta de que había
nacido al volver una página. Ese enorme libro que se abre
cuando cierro los párpados, se llama, según yo, insomnio.
Naturalmente tengo la impresión de que siempre he leído
el mismo texto, éste cuyos fragmentos aparecen hoy entre
mis manos. Al leer, me olvidé en el día, en la noche,
en el invariable atardecer. Olvidé mis piernas cruzadas,
mi cuerpo en la silla, la espalda que yacía en la cama entregada
al sueño del libro. ¿Y el amor? He recibido algunas
cartas, pagué con puntualidad el precio de escribir otras.
Soy estas palabras que leo y que me dejan indiferente y que al mismo
tiempo me estremecen; soy esta novela, este salmo, este trozo de
inadecuada filosofía. No recuerdo haber sido nada que no
leyera. Por ende, elegía mis lecturas con cuidado. Se las
daba primero a probar a mis amigos para ver el efecto que les hacían.
Gracias a esa precaución me he ahorrado numerosas lecturas
inútiles, gracias a ella también me he despedido de
algunos buenos amigos envenenados por el experimento. No subestimo
el poder de los libros sobre los frágiles lazos de la amistad;
no subestimo a los amigos. Nadie me reprochará que desconfíe
de las recomendaciones. A veces sin embargo —debo concederlo—
he perdido a un amigo pero he ganado a un autor que, ¿lo
dudas?, no valía menos por estar muerto. Mi memoria, débil,
escasa, nada tiene que ver con aquellos continentes oceánicos
donde naufragan, como por arte de magia, atlas enteros de información,
bibliotecas y ficheros, arcas de papel con los animales que promueve
a diario el papel periódico. No. Parece más bien una
mosca que zumba con obstinación circular alrededor de un
cadáver. Sólo recuerdo lo que a ella le interesa.
De noche, al dormir, sueño con puntualidad inocuos dramas
civiles. La locura del día, en cambio, me hace abrir los
ojos sobre minucias. Cuando empiezo a leer, es decir cuando me despierto
realmente, este proceso alcanza un agudo. Al revés de los
lectores que saltan en una novela las páginas descriptivas
y sólo atienden las líneas generales de la acción,
a mí el argumento me deja, por lo general, frío. Que
no me vendan novelas sin paisaje. Me exasperan los escritores que
creen que el lector debe imaginar todo, desde el color de los ojos
de la heroína hasta el clima. Señores, seamos por
un momento un poco menos humanos. Lo digo por experiencia y –no
quiero repetirlo– estoy cansado. He sido sacerdote y soltero,
asesino y novio, adúltero y cowboy. Fui un olmo viejo hendido
por el rayo y una cómica mandrágora. Fui la mosca
descrita por Addison, la hormiga de La Fontaine, el gato de Hoffman
y los perros de Cervantes, de Bioy, de London, de Thurber, de Homero
y de Mann; la ballena blanca y el Pequod, Perla y la letra escarlata.
Con Isaías, vi la mano de Dios extenderse sobre la tierra;
con Daniel leí los sueños pintados por una mano invisible;
nunca pude distinguir los salmos escritos en el Libro de los que
elevaba mi corazón apenas iniciaba la lectura. Tampoco he
podido decidir si prefiero la página en blanco de Mallarmé
o la de Whitman en su follaje. Algo en mi carne se alegra cada vez
que leo un libro y mi corazón se regocija en el gran coro
de las bibliotecas. He comprado más libros de los que he
leído y de los que nunca leeré. Los recojo de la calle
como si fuesen huesos dispersos de un ancestro cuyo perfil ignoro
o niños perdidos, animales sin dueño. Tengo la impresión
de que los rescato de la intemperie. Al menos, una vez en casa ellos
se leen entre sí, como yo en este momento te leo a ti. Los
cambio de lugar, los dejo vagar por mi biblioteca que es pequeña
—lo admito— pero abismal. Como el agua en el arroyo
obedece a la luna llena, como el polvo acecha el remolino, las horas
fluyen hacia el tiempo inmóvil, y ellos nos van leyendo,
agitan sus hojas como árboles al viento. Nos leen y nos asombran.
No es breve nuestro epitafio.
Adolfo Castañón
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